No estaba en el programa. Un expositor faltó. El silencio incómodo duró apenas unos segundos. Entonces Cristian Otárola se acercó y se atrevió a mostrar lo que estaba haciendo. No fue un pitch. No fue una demo ensayada. Fueron cinco proyectos reales, productivos, funcionando. Y con eso, la sala cambió.
En cinco días había construido integraciones que, en el mundo tradicional, toman semanas o meses. No escribió código como antes. Diseñó arquitectura. Orquestó agentes de IA trabajando en paralelo. “Hoy en los proyectos no programo ni una sola línea; el valor está en el conocimiento y la arquitectura”, dijo sin grandilocuencia. Pero lo que estaba mostrando era una ruptura silenciosa.
Uno de los casos conectaba máquinas industriales —PLC que miden descargas reales de materia prima— con SAP S/4HANA vía APIs. Cada kilo descargado se transformaba automáticamente en consumo, stock y producto semiterminado. Todo corriendo en segundo plano. Todo resiliente. Todo sin intervención humana constante. No era una promesa futura: estaba ocurriendo ahí mismo.
Las preguntas no tardaron. ¿Cómo confías en la IA? ¿Dónde está la documentación? ¿Quién programa ahora? La respuesta incomodó a más de uno: “No le paso la documentación; la IA la busca sola. Si tengo una inteligencia, ¿por qué voy a hacer yo el trabajo manual?”. No era arrogancia. Era un cambio de rol.

Alguien preguntó si esto no devaluaba el trabajo. La duda quedó suspendida en el aire. Porque la verdadera pregunta era otra: ¿seguimos valorando horas y esfuerzo visible, o empezamos a valorar criterio, diseño y capacidad de orquestar sistemas complejos?
Lo que ocurrió ese día no fue una charla técnica. Fue una escena fundacional. El momento en que quedó claro que el valor ya no está en “picar código”, sino en saber qué construir, cómo hacerlo escalar y cómo llevarlo a la realidad. G3SC no apareció como promesa. Apareció como consecuencia.
Esto podría ser el guion de una película o el primer capítulo de un libro. Porque cuando alguien se atreve a mostrar el futuro sin pedir permiso, el debate deja de ser tecnológico.
Se vuelve cultural.





